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A aquellos que dependían de él pero que tuvieron la poca fortuna en caer en desgracia, y muy particular los pilotos que no contribuían, o daban la impresión de no contribuir suficientemente a la altísima reputación de su empresa, les reservaba una amplisima variedad de atrocidades que iban desde el simple corte de escapelo hasta el propio patloulo. Los méritos logrados ayer no contaban nunca.

Los grandes señores del deporte del automóvil como John Surtees o Jacky Ickx saben mucho al respecto. Hacerse acreedor de la furia de un hombre de la estatura de Enzo Ferrari adquiría tonos de verdadero terror. Y es que el personaje sabía aprovechar todas las debilidades a su favor: Ya en vida, Ferrari sabía cuidar y puliresta imagen y, si creía conveniente, jugaba un tanto con la realidad, corrigiéndolas con sabios y precisos retoques.

Intentar realizar un perfil de Enzo Ferrari tomando por norma los esquemas típicos pareciera una apuesta. No es que su personalidad resultara dudosa o se viera exenta de éxito pero, ante todo, se hallaba enormente diversificada y resultaba compleja hasta el punto de confinarla a los límites de comprensión.

Si el cliché del hombre de las realidades parece hecho a medida para Ferrari, no resulta menos cierto fatalismo y denotaba al igual que ocurre con muchos genios creativos, una cierta tristeza.

"Me siento perdido, ya que me hallo sometido a los caprichos del destino", se quejaba a veces con una nota patética y muy latina. Con la muerte mantenía una unión casi íntima. La conocía de vista.

"Nothing acquaintance with death" dijo un día Stirling Moss sobre ello. Enzo Ferrari no logró nunca la pérdida de su hijo, muerto en 1946 por leucemia. En su recuerdo, muchos de sus motores se conocían con su diminutivo, Dino. La lista de pilotos que perdieron la vida defendiendo el emblema del caballo negro se parece a una gigantesca salida póstuma: Giuseppe Campari, Alberto Ascari, Eugenio Castelloti, Luigi Musso, Peter Collins, Ken Whartson Alfonso de Portago, Wolfgang von Trips, Tommy Spychiger, Lorenzo Bandini y Gilles Villeneuve no son más que los ejemplos más conocidos. Del mismo modo que Joe Keller en el drama de Arthur Miller "All My Sons" que atravesaba crisis de conciencia cuando uno de sus pilotos se estrellaba.

Enzo Ferrari sufría enormente. No obstante, la mayor parte de los accidentes de sus pilotos tuvieron origen un error humano. Cada vez, él reacionaba ante los gritos rituales de los medios de comunicación, refugiándose aún más profundamente en su santuario de Módena, a la búsqueda de sí mismo. Con la excepción de algunas visitas relámpago a Monza, nunca iba a los circuitos. No por razones de distancia, antes al contrario, por el simple hecho de que, para él, sus automoviles tenían vida propia y tambien por que mantenía con sus pilotos relaciones visceral, de amor o de odio que no conocía el termino medio. Cuando amaba, era capaz de perdonarlo todo. Es por ello que Gilles Villeneuve lo llamaba su Príncipe Destructor.

Su soledad voluntaria - John Surtees, compara Maranello de los años 60 con un castillo rodeado de fosos y dotado de un puente levadizo - tuvo un doble efecto: a menudo descrito en forma simple y filtrado por sus colaboradores. La realidad del mundo no le llegaba al Viejo Señor más que en la medida que él quería o deseaba.

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